jueves, 19 de febrero de 2009

Capítulo 8, Primera Temporada: Perdidos

El detective Johnny Guillemmo Arandini Villarino estaba harto de ese tipo de casos que involucraban a adolescentes. Siempre ocurría lo mismo: organizaban una fieshta en un lugar abandonado y alguien acababa muriendo en misteriosas circunstancias.





Allí se encontraba, al lado de un charco de salmuera, con un cuerpo totalmente desfigurado a sus pies. La verdad es que todas las piezas encajaban: sin duda se trataba de Tracy, esa muchacha estadounidense que días antes había desaparecido en misteriosas circunstancias.



La chica era feliz, quizá demasiado. Se paseaba por Tulancia cantando canciones por todo aquello que hacía: que iba a hacer la colda, cantaba una canción al respecto; que se dirigía a estudiar a la facultad de veterinaria, cantaba una canción al respecto; que estaba en el WC tratando de cagar de una sola pieza, pues cantaba una canción al respecto.



Al principio la situación hacía gracia a los habitantes de Tulancia y a sus compañeros de la facultad de veterinaria, que incluso improvisaron coreografías multitudinarias con ella, pero poco a poco la gente se fue cansando. No había quien lo aguantara. La situación estaba desquiciando a todos. Seamos sinceros: cualquiera podía haber matado a Tracy.



Era uno de los casos más complicados a los que Johnny Guillemmo se había enfrentado nunca. Por eso decidió solicitar la ayuda de su más fiel colaboradora y/o hermana: Maria Salammi Spetechia Villarino. Su única misión sería inmiscuirse en ese grupo de alocados estudiantes con una identidad falsa, la de la misteriosa estudiante de Física Cuántica de la universidad que acudía a realizar un ensayo clínico a la facultad de veterinaria para evaluar la verdadera masa atómica de los guacamayos.



Para esta labor Johnny Guillemmo precisaría tirar de todo su arsenal. Por ello regresó de nuevo a su oficina en la agencia de detectives "Di Cappo", y se dirigió a su caja fuerte. Marcó la combinación secreta:


4 8 15 16 23 42



Dentro, todo tipo de artilugios detectivescos se apiñaban en una montaña sin fin, que lo envolvía todo. Johnny Guillemmo solo tenía que elegir los más adecuados para la ocasión. Y sabía cuales eran.


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